June 3, 2014

Mujeres migrantes, atrapadas en una frontera imaginaria

Immigrant women, caught in between an imaginary borderline

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Texto: Ángeles Mariscal
Fotos: Moysés Zuñiga Santiago y Elizabeth Ruiz Alvarado

 La costumbre en el sur de México dice que el destino de las guatemaltecas es el trabajo en el hogar, las hondureñas esclavas en bares o cantinas y las salvadoreñas son invisibles. Las mujeres migrantes están atrapadas entre la frontera física en el Soconusco, Chiapas, y la real, más  infranqueable: los abusos, discriminación y estigmas. Aquí ellas no son, más que lo que su origen –y la sociedad- las ha condenado a ser. 

Estigma número uno, las “que sirven”

Mujeres Frontera

Es domingo. El Parque Miguel Hidalgo, en el centro de Tapachula –ubicado a 275 kilómetros de la frontera con Guatemala- está abarrotado. Decenas de mujeres, la mayoría mujeres-niñas, casi adolescentes, lucen prendas bordadas de muchos colores, con diseños y tejidos típicos que las delatan indígenas del país vecino. Se toman de la mano, caminan rodeando una y otra vez el kiosco ubicado en la parte central.

Algunas llegaron temprano, con sus pertenencias en una maleta o en bolsas de plástico. Se sientan en las jardineras y ahí esperan. Rosa y otras dos jóvenes que se acompañan cruzaron apenas esta mañana la frontera entre México y Guatemala, por el puente fronterizo de Tecún Uman. Pagaron para que el Instituto Nacional de Migración les diera una Forma Migratoria de Visitante Local (FMVL), que se otorga a quienes viven en la zona fronteriza de su país.

Eso les permite transitar con cierta libertad en los municipios circunvecinos de la frontera, pero no la autoriza a trabajar en México. No hace falta, las relaciones comerciales y de trabajo entre habitantes de ambos países, son ancestrales y filtran fronteras.

Rosa  luce sudorosa, cansada. Apenas se sienta en la banca, se acerca una mujer madura, que bajó de un auto. Platica con ella y hacen el trato: 1,200 pesos mensuales (92 dólares) más alimento; los domingos son días de descanso, luego que deje hecho el desayuno a la familia.

La mujer empieza a cruzar el parque, Rosa se despide rápidamente de sus amigas y camina tras la mujer. Ambas suben al auto, Rosa en la parte posterior, tímida. No levanta la mirada, no mira a los ojos. Le esperan largas jornadas de trabajo en una relación de semi esclavitud, donde una y otra vez tendrá que barrer, limpiar, cocinar, cuidar niños ajenos y desdibujarse hasta casi hacerse transparente.

La escena se repite durante la mañana, aquí y allá en el parque. Para la tarde sólo quedan las trabajadoras domésticas que ya tienen trabajo y disfrutan de su único día libre.

Quienes trabajan aquí son mujeres jóvenes y niñas. El Centro de Derechos Humanos Fray Matías de Córdova realizó un censo con trabajadoras domésticas de Guatemala y encontró que casi la mitad de las entrevistadas, 49 por ciento tienen 22 años de edad; la otra mitad, entre 13 y 17 años.

El Centro Fray Matías documentó que la expectativa de muchas de las adolescentes trabajadoras domesticas es obtener los recursos que les permitan regresar a su país para continuar sus estudios. La mayoría llega por temporadas, pero muchas de ellas se quedan atrapadas y sólo regresan a su país ocasionalmente.

No hay un censo o aproximado que permita sabe cuántas son, porque son una población flotante y su trabajo se da en el ámbito de lo privado, sin contrato formal. La mayor parte de ellas ha naturalizado el rol de realizar trabajos de servidumbre en la zona del Soconusco chiapaneco desde la época de la Colonia ya sean en las fincas o las viviendas.

Alba se encuentra en el Parque Miguel Hidalgo desde la mañana. Ella y sus compañeras no se han movido a pesar de la lluvia que ha caído en el lugar. Alba luce un poco más grande que las demás, dice que ya tiene 30 años, y que desde hace 8 llegó a trabajar a Tapachula, que está contenta porque a ella le pagan 2,000 pesos mensuales. Apenas un salario mínimo, aunque su jornada laboral duplica la que establece la ley mexicana, que es de 40 horas a la semana.

En un día normal se levanta a las 6, prepara el desayuno, hace el aseo, la comida, lava ropa, mandados, recoge la cocina, plancha.  Ha trabajado limpiando tiendas o restaurantes, la paga es buena, pero no le dan dónde dormir.

“Me gusta más en casa”, dice, aunque reconoce que no siempre tiene un lugar propio para dormir, como ahora, que trabaja en una casa de la Colonia Solidaridad (habitada por tapachultecos de clase media baja), donde cada noche descansa en una colchoneta que coloca en el espacio que hay entre la cocina y la sala.

–       ¿En tu día libre qué haces?

–       Ayudo con el desayuno y ya me vengo al parque.

–       ¿Y al cine o a la playa que está acá cerca?

–       No

–       ¿Porqué?

–       Me da pena… la gente nos queda viendo y como que no le gusta que estemos ahí, a lo mejor por nuestros trajes.

Alba dice que en su país podría ganar un poco más de dinero, haciendo el mismo trabajo. Prefirió quedarse en Tapachula porque, dice, “en Guatemala hay mucha violencia”.

Santiago Martínez Junco, coordinador del área de capacitación del Centro de Derechos Humanos Fray Matías de Córdova, explica que de acuerdo a las leyes mexicanas, las trabajadoras domésticas de Guatemala laboran en un sistema de semi esclavitud.

“El imaginario social de la región y los estigmas fenotípicos marcan a las mujeres migrantes, si eres guatemalteca el nicho laboral es el empleo doméstico, de limpieza o agrícola; a la hondureña, salvadoreña o nicaragüense, se les contrata preferentemente en el área de servicios sexuales, o en botaneros, restaurantes, para atraer clientela; y aún ahí hay diferencias”, explica.

El trabajo de las mujeres guatemaltecas se ha sido invisibilizado porque se desarrolla en el ámbito privado, lo que las coloca en una situación de alta vulnerabilidad.

No hay contratos, no hay justificación en despidos, y estos se utilizan muchas veces como una estrategia para no pagar salarios. En algunos casos se les cobra la comida, y el salario promedio que se les otorga es de mil 200 a mil 500 pesos mensuales (100 dólares promedio), por 72  horas a la semana.

Aunado a ello, explica la sociedad les confina o excluye de la vida cotidiana y sus centros de reunión.

“La mayor parte de las trabajadoras domésticas no conocen más que el Parque Miguel Hidalgo y las calles que conducen a su lugar de trabajo. Por ejemplo, los tapachultecos pidieron a las autoridades que les construyera el Parque Bicentenario porque este lugar ´estaba lleno de chapines´ (sobrenombre que se les a los originarios de Guatemala). Y no es que explícitamente ellas no puedan ir a otros lugares, sino que la sociedad las margina, las excluye y ellas sienten esa presión social sobre si mismas”.

Al final del día –valora Santiago Martínez- se reproduce esa situación que se vivía en toda esta región durante el sistema feudal, de mantener excluida a la servidumbre, y de no permitirle que se desarrolle en otros ámbitos de trabajo.

Los domingos, cuando ellas acuden a descansar al parque Miguel Hidalgo, el Centro Fray Matías intenta sensibilizarlas y capacitarlas sobre sus derechos, explica Martínez.

“Les informamos sobre sus derechos laborales, damos talleres de algunos oficios que ellas mismas escogen, y trabajamos dinámicas para fortalecer su autoestima, para que se asuman como personas con derechos… a veces vamos juntas a recorrer la ciudad o dar paseos a lugares cercanos para que vayan perdiendo el miedo y se sientan más seguras”.

Estigma número dos, las que venden fantasías

Su cuerpo se contonea en el escenario mientras se escucha como fondo el sonido de un acordeón, trompetas y bongó. Rítmico y sensual (¿puede un sonido por si mismo ser sensual?), el sonido de una cumbia acompaña a la bailarina mientras se va desprendiendo de la ropa.

Abajo del escenario, en mesas diminutas, otras mujeres pegan sus cuerpos a los clientes, beben con ellos, algunas bailan tratando de que las manos de quienes pagaron por estar con ellas “solo para bailar”, se mantengan fuera de su sexo. En otro espacio del mismo escenario, otras más juegan billar con los parroquianos exagerando las posiciones para resaltar las curvas de sus cuerpos.

La propietaria del lugar, una mujer de unos 50 años originaria de esta frontera al sur de México acepta mostrarnos el lugar y hablar con las bailarinas en los camerinos. Insiste: en este centro nocturno no hay servicio sexual, “aquí solo les vendemos fantasías”.

“Muchos hombres sólo quieren verlas desnudarse, bailar con ellas, platicar con las catrachas (hondureñas) principalmente, porque dicen que son las más bonitas; pero tenemos bailarinas de Guatemala, de El Salvador, de Nicaragua.  Muchos ni siquiera quieren tener relaciones sexuales, sino sólo pasar un buen rato, distraerse de los problemas de su vida diaria”.

Para el sexo, aclara, hay otros lugares.

Paso a la parte trasera del escenario. En la puerta de la habitación llena de espejos donde las mujeres se arreglan, se encuentra colocado el reglamento del lugar que establece el número de veces que cada una debe bailar y desnudarse arriba del escenario; la cantidad de cervezas que deben tomar con los clientes (mínimo 200 a la semana). A esta actividad se le llama fichar, la propietaria asegura que de la ganancia de cada “ficha” o cerveza, la mitad para ellas.

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Adentro de los vestidores la fantasía que se vende afuera, se desmorona. Antes de salir al escenario Melani come presurosa un caldo de res y un refresco, dice que no había ingerido alimento en todo el día porque tuvo problemas con su actual pareja, por celos y porque él no se lleva bien con los hijos de ella, menores de edad.

Tiene 23 años y tres hijos. Dice que tuvo que salir de su país desde 2009, por “problemas” con su anterior pareja. “Él se metió a las Maras y ya sabes, en mi país hay mucha violencia… me tuve que salir”. Melani dejó un tiempo a sus hijos con su mamá, cuando se estableció en Tapachula, los trajo a vivir con ella.

Sus dientes frontales lucen careados, y en sus pantorrillas tiene cicatrices muy visibles, algunas de ellas recientes. Al observar que las noto, se apresura a ponerse una licra color piel, y sobre ella la ropa de la que ira desprendiéndose poco a poco en el escenario.

“Me pega porque tiene celos porque dice que los clientes me ven (él trabajó un tiempo como barman del centro nocturno donde ella labora). Pero de esto mantengo a mis hijos, de esto lo mantengo a él. ¿Qué quiere, que me vaya de dependienta en una tienda? Ahí ni nos dan trabajo porque dicen que robamos, y cuando lo dan, quieren pagar una miseria. Yo ya le dije, te juntaste con una hondureña, esta es la vida de las hondureñas, solo acá nos tratan bien y nos pagan mejor”.

Melani tiene que afrontar todos los días el estigma de ser una “catracha”, término peyorativo con el que nombran a las mujeres originarias de su país, quienes se les considera ser amantes expertas. Su fisionomía la traiciona -caderas anchas, piernas largas, talle esbelto- no le permite desdibujarse. “Si me subo a un taxi, el chofer me quiere agarrar las piernas, si trabajo en una tienda, el patrón se quiere meter conmigo”, lamenta.

A la luz neón de los vestidores, las bailarinas se maquillan, se colocan pelucas de larga cabellera; luchan por simular con licras y ropa ajustada la celulitis, las ojeras, el vientre abultado, las cicatrices y estrías que deja la maternidad. La penumbra que hay al salir a la pista las ayudará.

Luis Rey García Villagrán, activista defensor de los derechos de las trabajadoras sexuales, asegura que sólo en Tapachula, la ciudad más grande de la región fronteriza conocida como El Soconusco, existen más de 15 zonas de tolerancia y unos 200 centros donde se ejerce la prostitución abierta y disfrazada; de manera voluntaria, o a través de las redes de trata de personas con fines de explotación sexual.

Representante del Centro de Dignificación Humana AC, Villagrán considera que esta actividad se da en medio de una permisión social  y gubernamental.“Aquí en esta región cualquier niño de 5 años ha visto que enfrente de su casa, junto a su escuela, en su camino diario, hay un botanero, un bar, un prostíbulo, un cabaret. Ha visto a la mujer centroamericana entrar y salir de ahí. Ha naturalizado esta situación y ha encasillado a las mujeres migrantes en esta actividad”.

Las mujeres migrantes se han vuelto parte de la cotidianidad en el Soconusco. Con ellas convive la población. A los lugares donde laboran acuden todo tipo de parroquianos, incluso servidores públicos. De su situación migratoria, solo preguntan cuando hay de por medio un intento de extorsión.

Estigma número tres, las “dispuestas a todo”

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Aidé administra una “cuartería” (vecindad) ubicada a 10 calles del centro de Tapachula. Es decir, cobra la renta o alquila las habitaciones de techo de lámina a quienes solicitan el servicio, la mayor parte migrantes que carecen de estancia legal en México.

Al llegar a la cita con Aidé, coincido con una docena de migrantes que –conducidos por un guía (pollero)- son introducidos en una de las habitaciones. Ella no se intimida, dice que los migrantes abandonarán en uno o dos días el lugar, en tanto llegan a recogerlos para que continúen su viaje.

Ella ha estado en la cárcel acusada de Trata de Personas con fines de explotación sexual. Logró salir luego de tres años de reclusión.

“Yo acaba de ser deportada de Estados Unidos, y necesitaba seguir enviando dinero a mis dos hijos que siguen en El Salvador, así que un amigo me contrató de encargada de un bar. El lugar no era mío, yo solo veía que las meseras no se quedaran con el dinero. Si ellas se querían meter con los clientes en los cuartos ese es su problema, es su forma de ganarse la vida, nadie la obligaba”.

Durante un operativo Aidé fue detenida, no así el propietario del lugar. Algunas de las mujeres que trabajaban en ese bar ubicado en Ciudad Hidalgo, eran menores de edad. Sin embargo, con el paso de los días todas fueron deportadas a sus lugares de origen y ninguna se quedó para seguir el proceso penal por el delito de Trata de Personas, así que Aidé obtuvo su libertad.

“Al salir intenté cruzar otra vez los Estados Unidos, pero no pude, me regresaron otra vez y aquí me tienes, atrapada en este lugar, sin poder avanzar y sin poder regresarme a mi país”, narra con gesto adusto y ademanes bruscos, que contrastan con sus ojos claros, amables, su cabello rizado y su figura pequeña.

En la habitación donde estamos apenas cabe una mesa, dos sillones, una cama individual y un mueblecito donde suena fuerte una televisión que no pierde de vista una niña de unos 10 años que dice, es hija de una amiga que se queda con ella en tanto encuentra un lugar propio donde vivir.

“Ya me estoy resignando a vivir aquí en Tapachula, o en Cacahoatán o cualquier lugar de por acá, da lo mismo. Pero trabajando de qué, aquí a nosotras las salvadoreñas no nos quieren dar trabajo ni en las casas porque las mujeres piensan que vamos a quitarles el marido. Buscamos trabajo de empleadas y el patrón quiere meterse con nosotras; en los bares piensan que vamos a robar, a matar a los clientes”, narra, mientras alista una pequeña maleta donde acomoda barnices e instrumentos para arreglar uñas, servicio que da a domicilio y en un pequeño salón de belleza de la zona. Considera que este es uno de los pocos trabajos que puede realizar sin que la discriminen.

Las mujeres migrantes que habitan al sur de México viven atrapadas entre una frontera física que les impide transitar libremente y una frontera real, resultado de la discriminación, abusos y estigmas sociales, que las borran como personas.


Se autoriza su reproducción siempre y cuando se cite claramente al autor y la siguiente frase: “Este trabajo forma parte del proyecto En el Camino, realizado por la Red de Periodistas de a Pie con el apoyo de Open Society Foundations. Conoce más del proyecto aquí: enelcamino.periodistasdeapie.org.mx”


 

Southern Mexico´s costume dictates the fate of Guatemalan women is being maids, Honduran women are to be slaves in bars or saloons and Salvadoran are invisible. Immigrant women are trapped in between the physical border in the Socosuno, Chiapas, and the real, the most unbreachable: the abuse, the discrimination and the stigma. Here, they are no more than what their homeland –and society- have cursed them to be.

Confined inside of a stigma

Mujeres Frontera

Sunday, Miguel Hidalgo Park, down town Tapachula –located 275 Km from the Guatemala border- is crowded. Tens of women, most of them not yet women, nearly teenagers, wear colorful clothes, with weavings and patterns that expose them as indigents from the neighbor country. They are holding hands, walking around the central kiosk.

They arrived early, carrying their belongings in a hand bag or plastic bags. They sit on the ledges and wait. Rosa and two other girls who travel together have just crossed the Mexico/Guatemala border earlier this morning through the Tecun Uman Bridge. They paid so the Instituto Nacinal de Migracion (National Immigration institute) would give them a Forma Migratoria de Visitante Local (FMVL), which is given to those living at the border line with their country.

This allows them to travel with a certain level of freedom among the neighboring counties near the border, but does not allow them to work in Mexico, needless to say business and working relationships between these two countries are ancient and they know no borders.

Rosa looks sweaty, tired. She has barely sat on a bench when an older woman, who got out from a car approaches her. They talk for a while and they make a deal: 1,200 pesos (92 dollars) plus food, Sundays are off as long as she gets breakfast ready for the family.

The woman starts walking through the park, Rosa says Goodbye to her friends, she tells them she will meet them at the same place next Sunday and she starts following the woman. They both get into the car, Rosa sits shyly on the back seat.

The scene goes over and over all morning, all over the park. By the afternoon the only remaining maids there, are the ones who already have a job and are enjoying their only day off.

Those who work here are young women and little girls. Fray Matias de Cordova Human Rights Center conducted a census about maids from Guatemala and found out that nearly half of the surveyed, 49% are 22 years old; the other half rates between 13 and 17 years old.

Alba has been there since first time in the morning. She and her partners haven’t moved despite the rain. Alba looks slightly older than the rest of them, she claims to be 30, and that she first arrived in Tapachula to work 8 years ago, she says she is happy because she gets paid 2,000 pesos monthly. Barely the minimum wage, though her working hours double what the Mexican law states which would be 40 hours a week.

-What do you do in a regular working day?

-I get up at 6 a.m. sometimes earlier because I prepare breakfast. Then I clean up, cook, do the laundry and get the groceries. Around 4 I clean up the kitchen and start ironing.

-Would you like to work at anything else besides house chores?

-I´ve worked at stores or cleaning up restaurants, but they pay the same and I wouldn’t get a place to sleep at night. -I prefer cleaning up houses– She says, though she admits she doesn’t always have a place of her own to sleep, like right now, she is working at a house in the Colonia Solidaridad (dwelled by middle class “tapachultecos) where, every night she sleeps on a mat she lays on the floor in between the kitchen and the living room.

– What do you do on your day off?

– I cook breakfast for them and then I come to the park.

– Do you ever go to the movies or to the beach nearby?

– No

– Why?

– I am ashamed…people keep looking at us like they don’t want us to be there maybe because of our outfits.

Santiago Martinez Junco, coordinator of the training area at the Fray Matias de Cordova Human Rights Center, explains that according to the Mexican working law, the Guatemalan women work in a semi slavery system..

“The region´s social illusion and the phenotype stigmas brand immigrant women, if you are Guatemalan your working target is domestic chores, cleaning or farming; Honduran, Salvadoran or Nicaraguan are hired preferably in the sexual services area, or in bars and restaurants to lure customers in and, even there, there are differences” he says.

Especially when it comes to the house workers from Guatemala, this occupation has become invisible because it takes place in a private sphere, this leaves women in a high vulnerability situation.

There are no contracts, firings don’t have to be justified and this is often used as a strategy to avoid paying salaries. In some cases they have to pay for their meals and the average salary goes from 1200 to 1500 pesos monthly working 72 hours every week.

On top of that, he explains, society rejects them from everyday life and leisure places. “Most maids know little more than Miguel Hidalgo Park and the streets that take them to their working places”.

“As an example, Tapachultecos requested the authorities to build the Bicentenario Park because this place was “crowded with Chapines” (nickname given to the Guatemalan). It isn’t like they can’t go to other places, it is more like society rejects them and they feel that social pressure on them”.

At the end of the day –Santiago Martinez assesses- the situation taking place during the feudal system is reproduced, the one that used to disdain the servants, the one that wouldn’t allow them to develop in any other working area. 

Stigma number two, which sell fantasies

Her body shakes on stage while an accordion plays in the background, trumpets and bongos. Rhythmical and sensual (Can a sound be sensual by itself?), the cumbia sound leads the dancer while she removes her clothes.

“Quiero ver amanecer, pero del otro lado, ver amanecer, pero que alguien se quede aquí para saber, si yo sigo vivo” sings the song that no one pays attention to, all eyes are fixed on her breasts, her hips.

Off stage at the little tables other women rub their bodies against customers, they have drinks with them, some of them dance while they struggle to keep the hands that paid “just to dance” off them. In another part, but at the same place some women play pool with regular customers and, in every movement they exaggerate every position to reveal every curve of their bodies.

The owner of the place, a woman around her 50´s from the border zone between Guatemala and Chiapas, agrees to walk us around and have a chat with the dancers. She insists “in this night club there are no sexual services in here we sell them the fantasy”.

– What fantasies do you offer?

– Many men just want to stare while girls strip, dance with them, talk to the Catrachas (Honduran women) mainly, men say they are the prettiest but we also have dancers from Guatemala, El Salvador and Nicaragua. Many men don’t even want to have sex, just have a good time, and get away from everyday problems.

– What happens when they do want to have sex?

– People already know what places allow it and what places don’t, any cab driver can take you to the right place according to the service you are looking for. If any girl working here wants to make a deal with a customer she must do it after working here or she can go and get a job at another place, there are many of those.

I go back stage. On the door leading to the room full of mirrors where the girls dress up are the business´s regulations, that state, just to name a few, the number of times a girl must go on stage and strip, the number of beers they must drink along with the customers (200 every week). That activity is called “fichear”, the owner claims that 50% on each beer´s profit goes to the girls.

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Inside of the dressing room the fantasy being sold on stage crumbles. Melani eats a beef stew and a soda in a hurry, she says she hadn’t eaten all day long because she had problems with her current boyfriend, he is jealous and also he doesn’t get along with her 3 children who are underage.

Her front teeth seem to have cavities and there are notorious scars on her calves, some of them seem pretty recent. Once she notices I am looking at her scars she rushes to cover them with a skin color lycra and the clothes she will be slowly taking off once on stage.

“He beats me because he is jealous about customers looking at me but that is how I make a living for my family and him. What does he want, for me to go and get a job as a store clerk? They won’t hire us there, they claim we steal, and if they hire us they pay us very poorly. I have told him already “you hooked up with an Honduran, and this is an Honduran women´s life” it is only here people treat us right and pay us well enoguh”

Under the neon light in the dressing room, the dancers put on some make up, they put on long hair wigs, they struggle to hide cellulitis under spandex and tight clothes, the bags under their eyes, their love handles, their scars and the stretch marks left behind by pregnancy. The twilight on the way to the stage always helps.

The owner notices I´m looking and states: “Their bodies are just like any other, your, mine, any woman´s body. That´s why I am telling you, in here we sell fantasies”

Luis Rey Garcia Villagrán is a sexual worker´s rights activist, according to him in Tapachula alone, the biggest city in the border zone known as El Soconusco, there are over 15 red zones and about 200 places where prostitution operates either openly or in disguise, sometimes willingly or sometimes through human trade networks dedicated to sexual slavery.

He is currently working as a representative for the Centro de Dignificación Humana AC, Villagrán, he considers this activity thrives under social and governmental indulgency. “In this place, any 5 year old kid has seen that right in front of his house, there is a botanero, a bar, a whorehouse, a cabaret. He has become used to this situation and he has labeled immigrant women to this activity”

Stigma number 3, the ones “willing to anything”

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Aide manages a “cuarteria” (slum) located 10 blocks from Tapachula downtown. This means she collects rent payments and leases tin roofed rooms to people that require the service, most of them immigrants lacking legal citizenship to be in Mexico.

When I arrive to my appointment with Aide, I cross ways with a dozen of immigrants that –led by a guide (pollero) – go into one of the rooms. She is not intimidated, she says immigrants will leave in one or two days’ time, as soon as someone picks them up so they can continue their journey.

She has been in jail, under “human trade and sexual slavery” charges. She was released after 3 years. “I had just been deported back form USA, and I needed to keep sending money back to my children who are living in El Salvador, so a friend of mine hired me to run a bar”

“The place wasn’t mine, I only made sure waitresses didn’t keep the money for themselves. If they wanted to have sex with the customers in the rooms it was their problem, it is the way they make a living, nobody forced them”

She was arrested during a raid, but not the business owner. Some of the women that were working at that bar in Ciudad Hidalgo, were underage however day after day they were all deported back to their countries and none of them was left to follow up on the legal process for human trade, so Aide regained her freedom.

“After I got out I tried crossing to USA again, but I couldn’t, they sent me back again and here I am, trapped in this place, without being able to either move forward or go back to my country” she claims with a dull face and abrupt hand gestures that differ from her kind light eyes, her curly hair and her tiny frame.

You could barely fit a table, two couches and a single bed in the room we are in, there is also a small piece of furniture with a loud TV on it, a little girl maybe ten years old is watching it, she is her friend´s daughter they are staying with her while they find a place of their own.

“I am getting used to the idea of living here in Tapachula, or in Cacahoatán or any place around here, it is the same to me. But what kind of work, here Salvadoran women are never hired not even as maids because women think we will steal their husbands. When we try to get a job as employees the boss wants to have sex with us; if we try working at a bar they think we are going to rob or kill the customers” she says, while she prepares a little hand bag where she carries nail polish and other manicure tools, a service she provides both at a beauty salon and as home delivery. She considers this is one of the few jobs she can perform without being segregated.

Her appreciation is not wrong. There is no way to know certainly how many women are there –the population born outside the country detected on the Mexican census in 2010 reflected near to a million inhabitants, between 11.39% and 12.99% living in Chiapas- but immigrant women living in EL Soconusco, Southern Mexico, are trapped, not only by the physical border product of the migratory regulations that keep them from traveling freely but also by the imaginary border that comes from discrimination, abuses and social stigmas that label and constrain them to only certain activities.


Se autoriza su reproducción siempre y cuando se cite claramente al autor y que el texto forma parte del proyecto En el Camino, realizado por la Red de Periodistas de a Pie con el apoyo de Open Society Fundations.


 



Ángeles Mariscal

Ángeles Mariscal

Soy periodista independiente, fundadora del portal Chiapas Paralelo [www.chiapasparalelo.com] y colaboradora de CNN México y El Financiero. Presido el Colegio de Comunicadores y Periodistas de Chiapas (Ccopech). Tener en nuestro lugar de origen las condiciones para forjarnos una vida digna es un derecho, y migrar cuando esto no sucede, también lo es. Desde esta perspectiva cubro el tema migratorio.


Moysés Zuñiga Santiago

Moysés Zuñiga Santiago

Fotoperiodista chiapaneco interesado en la lucha de las comunidades indígenas y en el proceso migratorio en la frontera sur del País. Colaboro en La Jornada, AP, Reuters y AFP. Mi trabajo fue expuesto en la Universidad de Nueva York en los años 2010 y 2013. Me encontré con jóvenes como yo cruzando una frontera en busca de una oportunidad, llevando a cuestas historias de vida que me invitaron a caminar con ellos. Por eso hago este trabajo, quiero visibilizar una situación de extrema violencia que podría no ser y podría no cobrar vidas.


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Elizabeth Ruiz Alvarado

Fotógrafa independiente, colaboro para Cuarto Obscuro, AFP, EFE y Xinhua. Cuando empecé a retratar a la población migrante me impresionó ver la magnitud de lo que significa, ver sus rostros al buscar una mejor vida, huyendo de la violencia y la pobreza. Quiero compartir a otros y otras esta realidad que ya no es ajena.